Estaba caminando por Salaverry. Tic, tic, tic, tic*... Mis zapatillas contra el suelo. Iba por la vereda central, paseando entre los arbolitos, porque ahí hay buena sombra y además pasan chicos churros en bicicleta. Ts, ts, ts, tsssu... El viento despeinando mis pelos rulosos y frondosos y Radioshack con sus lunas bien brillantes casi dejándome ciega. Taca, taca, taca, taca... El martillo y los obreros de esa construcción que destila polvillo por el cemento, los ladrillos y la arena. Achú, achú, achú, achúuuu... Como cuatro veces estornudo, porque una es alérgica a casi todo.
Entonces cruzo en Pharmax, porque ya se avecina mi cuadra, y con lo del estornudo salen los SAPOS. Salud, señorita... El huachimán avezadaso. Uffff, ¡mamita!... El kiosquero confianzudo. ¡Qué buena que estás!... El tipo que se para más allacito a leer su periódico EN PLENA CALLE porque nada tiene mejor que hacer (y que encima es el más achorado de todos, considerando que ya casi nadie se atreve a decirme cuasi-obscenidades como la suya). Entonces yo sigo de largo, porque eso he hecho toda mi vida: seguir de largo. Con la cabeza bien colocada y bien altiva; de otra forma no camino. Y ya cuando me está comenzando a salir la sonrisita -porque, a pesar de que hayan sido tres viejos verdes y horribles, una es mujer y tiene su respectivo ego y que a una la piropeen tres veces en menos de cinco metros, ya es algo- volteo a re-mirar a los tres viejos verdes y horribles y me percato de que le están diciendo casi los mismos cumplidos pasados de moda a esa chica fea -según yo- que viene caminando detrás.
Así es la vida de maléfica. Primero te da y luego te quita.
¿Quién entiende?
Y hasta ahora nada interesante. Sólo un calor de la patada.
* Sí, aunque sean zapatillas suenan tic, tic y no tac, tac o toc, toc por cuestiones de delicadeza.

0 Shhhh...:
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