Mi mano gritando lo que lleva mi mente por dentro.
Alguna vez la miss de Historia del Perú nos enseñó en la clase que "...muchas civilizaciones de la antigüedad manifestaron, a través de su cultura, la tendencia a rebalsar sus expresiones artísticas de dibujos y demás grabados: estos eran trazados lo más juntos y sin tocarse posible, de modo que no dejasen vivir al desierto entre ellos. Se desconocía si el motivo de tan particular estilo era específico, pero bien podría haber estado relacionado o con creencias religiosas -en cuanto a dioses y demonios y sus poderes sobre los espacios-, o con simples objetivos estéticos...".
Increíble todo lo que se puede aprender del colegio y de tan chiquita, ¿no? Y seguramente fui la única en prestar atención; con frecuencia solamente yo respondía en esa clase, bien pavita pero sin que la gente se diese cuenta -todos dormían mientras yo me divertía mirando las figuritas del Tiempo 2 y Tiempo H de Vinces Vives-, realmente interesada por el arte y sus recovecos más intrincados. Sin lugar a dudas, el miedo al vacío es una de estas exquisitas artimañas que tanto me han apasionado desde siempre.
Y ahora que lo pienso y lo recuerdo (y que estoy en vacaciones), creo encontrar motivos más que suficientes para inventarme mi propio temor a lo vacuo; rebuscar en el archivo virtual del disco duro de mi computadora uno de los diseños que desde hace ya tiempo hago y, sobre todo, callarme lo que siento diciéndolo aquí.
Ahora bien,

1 Shhhh...:
¿Inventaste tu propio vacío o éste ya estaba allí? Témele a la levedad, al pasar del tiempo en la nimiedad. Témele al estancamiento, no al devenir. Tienes tiempo, tienes potencial.
Quizá hayas olvidado la capacidad de dejarte sorprender por las cosas que haces, por los descubrires cotidianos. Por la vivencialidad sistémica de las experiencias.
Nada te va llenar más que tu propia capacidad para el disfrute de ti misma. Nada ni nadie. Los vacíos, los silencios, los espacios. La soledad. También pueden ser la mismidad extendida.
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