domingo, 22 de julio de 2007

Mi propio horror vacui



Mi mano gritando lo que lleva mi mente por dentro.



Alguna vez la miss de Historia del Perú nos enseñó en la clase que "...muchas civilizaciones de la antigüedad manifestaron, a través de su cultura, la tendencia a rebalsar sus expresiones artísticas de dibujos y demás grabados: estos eran trazados lo más juntos y sin tocarse posible, de modo que no dejasen vivir al desierto entre ellos. Se desconocía si el motivo de tan particular estilo era específico, pero bien podría haber estado relacionado o con creencias religiosas -en cuanto a dioses y demonios y sus poderes sobre los espacios-, o con simples objetivos estéticos...".


Increíble todo lo que se puede aprender del colegio y de tan chiquita, ¿no? Y seguramente fui la única en prestar atención; con frecuencia solamente yo respondía en esa clase, bien pavita pero sin que la gente se diese cuenta -todos dormían mientras yo me divertía mirando las figuritas del Tiempo 2 y Tiempo H de Vinces Vives-, realmente interesada por el arte y sus recovecos más intrincados. Sin lugar a dudas, el miedo al vacío es una de estas exquisitas artimañas que tanto me han apasionado desde siempre.


Y ahora que lo pienso y lo recuerdo (y que estoy en vacaciones), creo encontrar motivos más que suficientes para inventarme mi propio temor a lo vacuo; rebuscar en el archivo virtual del disco duro de mi computadora uno de los diseños que desde hace ya tiempo hago y, sobre todo, callarme lo que siento diciéndolo aquí.


Ahora bien,


¿qué se supone que debe una hacer cuando ya no hay nada más que hacer?


Para cualquier individuo común y corriente, la respuesta es sencilla y abundante: dormir mucho, comer rico, bailar duro, trabajar nada, vagar arduo, beber infinito y estudiar cero; así de chevere, todo con su tremendo adjetivo a continuación que denote la contraposición existente entre el ciclo regular universitario pacifiquino y el periodo vacacional que separa a un semestre del otro.


Para una niña freak como yo, que siempre entiende las preguntas como nadie jamás imaginaría considerarlas, la respuesta simple resulta complicada y ataca directamente a la raíz de mi todo, para variar. Siempre ahogándome -como quien a veces juega a suicidarse- en mi propio vaso de limonada (o chicha de la San Antonio, según se de el caso).


Resulta que el problema, mi problema, es que no tengo expectativas: no espero con emoción reingresar a la vida universitaria y tampoco deseo que las vacaciones se alarguen por siempre. No sé a dónde ni para qué camino y, sin embargo, sigo haciéndolo. Estoy deshabitada y de nada me compadezco, salvo de eso mismo: tiemblo por no temerle a nada, o a casi nada. Me asusta el vacío de mi ansiedad, de ahí que haya decidido llenarlo todo de dibujitos -mis pasos, mi cuerpo, mi mente, mis cuadernos, mis nubes, mi monitor, mis palabras, mis cabellos, mi experiencia, mi todo-.


***Nota importante:


Se necesita con urgencia algo -o alguien- que me llene.


¿Propuestas?

1 Shhhh...:

Chema dijo...

¿Inventaste tu propio vacío o éste ya estaba allí? Témele a la levedad, al pasar del tiempo en la nimiedad. Témele al estancamiento, no al devenir. Tienes tiempo, tienes potencial.

Quizá hayas olvidado la capacidad de dejarte sorprender por las cosas que haces, por los descubrires cotidianos. Por la vivencialidad sistémica de las experiencias.

Nada te va llenar más que tu propia capacidad para el disfrute de ti misma. Nada ni nadie. Los vacíos, los silencios, los espacios. La soledad. También pueden ser la mismidad extendida.